¿POR QUÉ CADA ELECCIÓN CUENTA?
Por Lisset de los Santos.
¿Qué pasaría si todos aquellos que alguna vez dijeron “mi voto no cambia nada” hubieran decidido votar?
Esa es precisamente una de las particularidades de la democracia: las decisiones que no tomamos también tienen consecuencias, aunque nunca aparezcan registradas en una boleta.
Cada cuatro años repetimos que “cada voto cuenta”. Lo escuchamos en campañas, debates, discursos y mensajes publicitarios. La frase se ha vuelto tan común que corremos el riesgo de decirla sin detenernos a pensar en lo que realmente significa.
Un voto puede parecer insignificante cuando lo observamos de manera aislada. Una sola persona frente a millones de electores. Una boleta entre millones de boletas. Pero ahí está el detalle: las elecciones no las decide un voto, sino la suma de millones de decisiones individuales.
Y en la República Dominicana tenemos razones suficientes para mirar este asunto con mayor seriedad.
En las elecciones presidenciales de 2020 estaban inscritos alrededor de 7.5 millones de ciudadanos. Más de 3.3 millones no acudieron a las urnas, para una abstención aproximada de 44.7 %. Hay que reconocer que aquel proceso ocurrió en circunstancias extraordinarias por la pandemia de COVID-19, que afectó la movilidad y el comportamiento de la población.
Cuatro años después, el escenario era completamente distinto.
En mayo de 2024, el padrón electoral alcanzó los 8,145,548 ciudadanos, de los cuales 7,281,763 residían en el país y 863,785 estaban habilitados para votar en el exterior. Sin embargo, solo fueron emitidos 4,429,079 votos, equivalente a una participación de 54.37 %. Es decir, más de 3.7 millones de personas inscritas no ejercieron el sufragio.
Eso no debería ser simplemente una cifra más en las estadísticas electorales. Debería provocar una conversación nacional.
Porque después de cada elección solemos mirar al ganador, al perdedor, los porcentajes, las alianzas y las estrategias de campaña. Celebramos unas victorias y explicamos unas derrotas. Durante unos días, la política ocupa todas las conversaciones y luego vuelve a ocupar su lugar habitual.
Pero hay otra cifra que merece atención: la de quienes decidieron no participar.
El resultado también lo construye quien no vota.
En 2024, el presidente Luis Abinader y el Partido Revolucionario Moderno (PRM), junto a sus aliados, obtuvieron 2,507,297 votos válidos, equivalentes al 57.44 % de los votos válidos. Ese resultado les permitió conquistar nuevamente la Presidencia de la República para el período 2024-2028.
Esos 2.5 millones de votos fueron suficientes para definir quién dirigiría el Poder Ejecutivo, mientras millones de ciudadanos inscritos decidieron quedarse fuera de esa decisión.
Aquí aparece una verdad que muchas veces preferimos ignorar: quien no vota también participa en el resultado, aunque su ausencia no quede escrita en la boleta.
No acudir a las urnas puede ser una decisión consciente. Puede ser una protesta. Puede ser producto del desencanto. Puede responder a dificultades prácticas. Pero también significa renunciar a utilizar una de las herramientas que ofrece la democracia para expresar una posición.
Hay personas que sienten que los partidos dejaron de representar sus aspiraciones. Otras están cansadas de las promesas electorales que pierden fuerza apenas termina una campaña. Algunas creen que todos los políticos son iguales. Y también están quienes sencillamente piensan que su voto individual no hará ninguna diferencia.
La pregunta es válida:
¿Qué puede cambiar un solo voto?
Probablemente, una persona por sí sola no determine el resultado de una elección. Pero esa misma lógica, aplicada a millones de ciudadanos, nos lleva exactamente al punto contrario.
La democracia funciona sumando decisiones individuales.
Un voto parece pequeño. Millones de votos construyen un gobierno.
Dos elecciones, dos decisiones.
En 2020, el PRM y sus aliados obtuvieron 2,154,866 votos, equivalentes al 52.52 % de los votos válidos. Ese resultado llevó a Luis Abinader a la Presidencia.
En 2024, cuatro años después, el mismo electorado volvió a expresarse. El PRM y sus aliados alcanzaron 2,507,297 votos y el 57.44 % de los votos válidos.
Dos elecciones. Dos momentos diferentes. Una ciudadanía que volvió a tener la posibilidad de decidir.
La enseñanza es sencilla, pero poderosa: el poder político no es una fotografía permanente. Cambia cuando cambia la voluntad de los electores.
Por eso resulta peligroso pensar que una elección está decidida antes de que los ciudadanos voten.
Los gobiernos pueden cambiar. Los partidos pueden crecer o perder apoyo. Una figura política puede convertirse en favorita y otra desaparecer del escenario. Lo que hoy parece imposible puede ser perfectamente posible cuatro años después.
Votar no es solo elegir al presidente.
Hay otro error: pensar que votar consiste únicamente en escoger al presidente de la República, no.
En mayo de 2024, los dominicanos eligieron también senadores y diputados. Y en febrero acudieron a las urnas para escoger alcaldes, regidores, directores de distritos municipales y vocales.
Eso significa que, cuando entramos a un centro de votación, no estamos decidiendo únicamente quién ocupará el Palacio Nacional.
Estamos escogiendo personas que tendrán participación en decisiones relacionadas con educación, salud, seguridad, infraestructura, presupuesto, impuestos, leyes, municipios y servicios públicos.
Un diputado puede votar una reforma que afecte directamente nuestros derechos.
Un senador puede participar en la aprobación de una ley que transforme una institución.
Un alcalde puede tomar decisiones que cambien la forma en que se administra una ciudad.
Un regidor puede influir en asuntos que afectan directamente la comunidad donde vivimos.
Entonces, resulta difícil entender la contradicción de quien pasa el año entero quejándose del precio de los alimentos, del tránsito, de la inseguridad, del costo de la vivienda, de los servicios públicos o de las oportunidades para sus hijos, pero considera que las elecciones no tienen importancia.
Muchas de esas decisiones están relacionadas, directa o indirectamente, con las personas que elegimos.
Los jóvenes no pueden mirar la politica desde las gradas.
En el padrón electoral de 2024 figuraban 1,275,971 electores entre 18 y 25 años y otros 1,788,839 entre 26 y 35 años. En conjunto, más de tres millones de ciudadanos menores de 36 años estaban habilitados para votar.
Sin embargo, todavía existe la tendencia de mirar a los jóvenes como espectadores de la política, cuando deberían ser protagonistas.
Una generación no solo recibe el país que encuentra. También tiene la oportunidad de modificarlo.
Las decisiones que se toman hoy afectarán durante décadas a quienes tienen 18, 20 o 30 años. Las políticas de educación, empleo, vivienda, seguridad, tecnología, medioambiente y oportunidades económicas terminarán formando parte de su realidad mucho más tiempo que la de quienes ya están cerca del retiro.
Por eso, la participaciónejuvenil no debería limitarse a publicar una opinión política en redes sociales; opinar importa, reclamar importa, protestar importa, pero votar también.
Si los jóvenes dejan que otros decidan por ellos, tendrán que convivir con decisiones que no ayudaron a construir.
Y después será difícil exigir resultados sin reconocer que también hubo una oportunidad de participar.
No todo el que se abstiene es apatico.
Ahora bien, tampoco podemos caer en la facilidad de etiquetar como indiferente a todo ciudadano que no vota.
La propia Junta Central Electoral presentó un estudio realizado por IIDH/CAPEL sobre la abstención electoral de 2024. Sus conclusiones apuntan algo importante: el fenómeno no puede explicarse únicamente por la apatía.
La investigación identifica elementos como la desconfianza política, la falta de propuestas atractivas, las dificultades de transporte y la distancia hacia los centros de votación, además de limitaciones de tiempo y laborales. También muestra diferencias entre la participación registrada en las elecciones municipales y la observada en las presidenciales y congresuales.
Eso cambia la conversación, porque el problema no puede colocarse exclusivamente sobre los hombros del ciudadano. Sí, el ciudadano tiene una responsabilidad: informarse, participar y ejercer su derecho. Pero los partidos y los candidatos también tienen la obligación de hacer algo que parece cada vez más difícil: merecer el voto.
No se puede pedir a la gente que participe activamente en política mientras se le ofrece una política reducida a propaganda, confrontación, clientelismo y promesas de temporada.
La democracia necesita electores más exigentes, pero también candidatos que tengan algo que decir y, sobre todo, algo que demostrar.
Votar cuando todo parece claro es lo fácil.
Hay una idea que deberíamos revisar: que votar solo vale la pena cuando nuestro candidato tiene posibilidades reales de ganar, no.
Votar cuando estamos convencidos de que nuestro candidato será el próximo presidente es relativamente fácil.
El verdadero dilema aparece cuando ninguna opción nos entusiasma completamente, cuando tenemos dudas, cuando queremos castigar una gestión, cuando queremos abrirle espacio a una alternativa, cuando sentimos que ninguno representa exactamente lo que pensamos. Ahí es donde la decisión adquiere mayor significado.
Porque votar no necesariamente quiere decir: “Estoy de acuerdo con todo lo que representa esta persona”.
Puede significar: “Entre las opciones disponibles, esta me parece la mejor”.
La democracia no exige que nos guste todo. Exige que tengamos la posibilidad de escoger.
Renunciar a votar por frustración puede parecer una forma de castigo a los políticos. Pero, muchas veces, el efecto termina siendo distinto: dejamos que otros tomen la decisión nos correspondia a nosotros.
LA DEMOCRACIA NO SE PUEDE DELEGAR.
La República Dominicana ha construido una democracia electoral con avances, dificultades y muchas tareas pendientes.
La Junta Central Electoral organiza los procesos. Los partidos presentan candidatos. Los ciudadanos acuden a votar. Las autoridades electas asumen sus responsabilidades.
Pero ninguna institución puede sustituir la voluntad ciudadana.Tampoco existe tecnología capaz de resolver por nosotros una decisión que es esencialmente humana.
La democracia se fortalece cuando una madre decide levantarse temprano para votar, cuando un joven se toma el tiempo de investigar quiénes son los candidatos, cuando un ciudadano pregunta qué ha hecho el diputado que busca reelegirse, cuando una comunidad evalúa la gestión de su alcalde, cuando dejamos de votar exclusivamente por simpatías personales y empezamos a considerar ideas, resultados, preparación, valores y capacidad.
No necesitamos ciudadanos que estén de acuerdo en todo. Necesitamos ciudadanos capaces de pensar, comparar y decidir.
Cada elección cuenta.
Las elecciones de 2020 y 2024 dejaron una enseñanza que no debería desaparecer cuando termina el conteo de votos. En ambas elecciones presidenciales, más de tres millones de ciudadanos inscritos no acudieron a las urnas. Nunca sabremos cómo habría sido el resultado si todos hubieran participado.
Las hipótesis sirven después para analizar. La decisión, en cambio, solo puede tomarse cuando las urnas están abiertas.
No podemos esperar a que termine una elección para preguntarnos qué habría pasado si hubiéramos participado.
La oportunidad existe antes: cuenta la elección presidencial, la congresual, la municipal, cuenta el senador que parece tener una ventaja cómoda, el diputado que todos dan por ganador, el alcalde que lleva años gobernando, el candidato nuevo que aparentemente tiene pocas posibilidades, cuenta incluso ese voto que, en apariencia, parece perdido.
Porque la democracia no funciona sobre certezas. Funciona sobre ciudadanos que ejercen su derecho a decidir.
En 2028 volveremos a tener esa oportunidad.
Habrá otros candidatos, nuevas alianzas, nuevas promesas y, probablemente, miles de jóvenes entrando por primera vez a un proceso electoral. Algunas figuras habrán desaparecido del escenario y otras estarán intentando ocupar el espacio que hoy pertenece a quienes gobiernan.
La pregunta, sin embargo, seguirá siendo la misma:
¿Vamos a dejar que otros decidan por nosotros o vamos a asumir la responsabilidad de decidir el futuro que queremos?
El voto no garantiza que todo vaya a cambiar.
No es una varita mágica.
Tampoco asegura que el candidato elegido cumplirá cada promesa.
Pero entrega algo que ningún gobierno, partido o político debería arrebatarnos: la posibilidad de escoger y, después, exigir cuentas.
Por eso cada elección cuenta.
Porque cuatro años pueden parecer mucho tiempo, pero pasan rápido.
Y cuando llegue nuevamente el momento de entrar a una caseta, marcar una boleta y depositarla en una urna, quizás entendamos que aquella acción aparentemente pequeña tenía mucho más peso del que imaginábamos.
Octavio Paz escribió: “Sin elecciones libres no hay voz, no hay ojos, no hay brazos. No hay ciudad”.
Y yo agregaría algo más: la democracia necesita ciudadanos presentes, ciudadanos que cuestionen, que se informen, que exijan y que participen en todos los procesos.
Y estar presentes también significa ejercer el derecho al voto.











